Volver a ver a mis veintiséis

Por Jonathan Monserrat (@jonathanem)

Algunos piensan que la felicidad está escondida y que para encontrarla hay que tener mucha suerte. Hay quienes creen que ser feliz no es una elección. ¿Acaso la felicidad es solo para algunas personas? ¿Qué es la felicidad? Quizá mi respuesta sea subjetiva, pero pienso que es aquello que nos sucede cuando sentimos que una energía interna se renueva, se purifica y se expande por todo nuestro cuerpo. Felicidad es cuando una persona, un objeto o una situación determinada nos modifica nuestra perspectiva respecto de la vida. Ser feliz es como tener una sensación de fortaleza que empodera el espíritu del hombre y eso lo hace inmune a los miedos. A mis veintiséis años, sentí cómo la felicidad se arraigó en mí por algo tan simple y tan importante para cualquier persona como ver bien todo lo que rodea al ser humano.

A los seis años la miopía empezó su avance impiadoso en mis ojos. Lentamente fue quitándome la claridad del día, y la noche se fue haciendo aún más oscura. Me tuve que acostumbrar a reconocer el espacio por memorización, y a las personas (familiares, amigos) por gestos propios de ellos o por figuras corporales. De cerca nunca tuve grandes inconvenientes para ver; sin embargo, sí los tenía para ver de lejos. Varias veces me ha pasado que en cualquier playa donde estuviera, debía memorizar el camino desde mi carpa hasta el mar, porque estando en el agua mi visión se borroneaba y no podía reconocer nada ni a nadie; me sentía inseguro. De esa manera pasé veinte años de mi vida.

A los veintiséis años, con una miopía de grado ocho, puedo decir que volví a ver, posiblemente, como cuándo tenía menos de seis. Tras dos operaciones (una por ojo), mi visión cambió por completo: ahora los colores tienen más vida; el cielo es más increíble; las caras son más nítidas y frescas; los árboles son más hermosos. Disfruto de ver con tanta claridad cosas cotidianas y comunes como los pasacalles, los juegos de las plazas, la multitud caminando en distintas direcciones por las calles. Disfruto de lo simple de la vida, y eso es un motivo que alcanza para decir que soy feliz.

Me acuerdo de que, una vez, a una médica le había dicho que mi deseo era ver bien como el resto de la gente, y ella me respondió: ¿y qué es ver bien? Hay quienes ven mejor que otros, pero es difícil categorizar a las personas que ven bien y a las que ven mal. Siempre recuerdo esa anécdota y reflexiono, ¿existe lo absoluto? Ahora pienso que no. Lo que sí puedo afirmar es que el hombre puede saber qué es la felicidad en detalles simples como, por ejemplo, ver la luminosidad de un amanecer e, incluso, apreciar la claridad de un atardecer cuando el día oscurece.

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