Escribir: un placer del escritor y un deber para el redactor

Mientras escribo este ensayo, mi mente retrocede varios peldaños en la memoria hasta reencontrarse con el recuerdo de mi niñez. Viajo a través de los años, como la escritura, que es un modo de trasladarse en el tiempo. Me acuerdo del otoño de 1998. Yo tenía ocho años, una edad complicada para entender el porqué de algunas situaciones, como la de despertarse una mañana y asimilar, sin anestesia, que una persona a la cual querés ya no está. Ese día, me encerré en mi cuarto, mientras que el resto de mi familia estaba en el comedor, y empecé a escribir sobre que lo había sentido al escuchar la triste noticia.

Escribir es traducir los gritos internos en frases silenciosas que hablan en un papel. La escritora Marguerite Duras dice que cuando una persona escribe, su escritura se parece a un aullido, pero sin ruido, es como un espejo en donde el hombre ve reflejado su interior. Pero, ¿qué es escribir? ¿A quién podemos catalogarlo como “escritor”?

Hace unos días se conmemoró el día del escritor, y algunos conocidos me saludaban y me felicitaban. Por educación, les agradecía, pero a cada uno les pedía que no me llamasen así, porque el hecho de que me guste escribir no me ubica en el rol de escritor. Aunque insisto en que es un término bastante subjetivo, y un ejemplo claro para entender esa subjetividad es el caso de Joseph Brodsky, quien durante un juicio, en Leningrado, confrontó contra el Juez utilizando un lenguaje particular:

Juez: ¿Profesión?

Brodsky: Traductor y poeta.

Juez: ¿Quién lo reconoció a usted como poeta? ¿Quién lo ha clasificado en la categoría de poeta?

Brodsky: Nadie. ¿Quién me clasificó en la categoría de ser humano?

Juez: ¿Estudió para ello?

Brodsky: ¿Cómo?

Juez: Para ser poeta. ¿No intentó usted cursar estudios en la universidad donde uno se prepara para la vida, donde uno aprende?

Brodsky: No creí que fuera un asunto de educación.

Juez: ¿Cómo es eso?

Brodsky: Pensé que era algo que venía de Dios.

En mi opinión, una cosa es lo que sentimos; otra, es lo que la realidad muestra de nosotros. Uno puede sentirse poeta o escritor, y eso es un pensamiento personal. Pero siempre va a haber un contexto externo, que determina qué sos y, en consecuencia, lo qué no sos.

Así como Roland Barthes dice que la voz del autor muere cuando aparece la voz del personaje, pienso que una persona puede considerarse escritora cuando sus textos empiezan a tener relevancia en la vida de otra gente, o bien cuando impactan en una sociedad, ya sea de un modo político, científico, cultural, religioso, etcétera. Creo que si eso no ocurre, es equivocado llamarse escritor.

La confusión de llamar escritor a cualquier persona que escribe se complejiza más cuando se pretende asociar su imagen con la del redactor, que también escribe para expresarse, pero la diferencia se encuentra en entender cómo utiliza la escritura cada uno; cuál es el rol que ella cumple. Por eso, me gustaría enfocar las diferencias entre ambas actividades teniendo en cuenta el modelo de la estrella que Daniel Cassany grafica en La cocina de la escritura: quién, cuál, qué, dónde, cuánto, cuándo, por qué, y cómo. De este esquema me interesa detenerme en qué escriben; para quién escribe; y por qué escriben.

La primera pregunta que nos hacemos es: ¿qué escribe cada uno? Por un lado, el escritor escribe lo que interpreta del contexto donde se mueve. Como las interpretaciones son libres, la capacidad y el modo de escribirlas también lo son. Un escritor hace arte de sus testimonios, escribe literatura para descubrir el mundo de un modo más íntimo, más creativo e imaginario. Muchos escritores pueden vivir de lo que escriben; otros, no. Por otra parte, el redactor escribe diferentes tipos de textos, los cuales son solicitados por otras personas. El redactor es un profesional de la escritura, y como tal debe atender a todas las necesidades del cliente que le solicita un trabajo. La redacción debe ajustarse a los requisitos establecidos previamente; debe respetar un criterio de escritura.

Así como a la libertad se la suele representar con la figura del ave, me gusta comparar esa imagen con la del escritor y la del redactor. El primero podría verse como un pájaro que no conoce el encierro, que se siente, siempre, libre, interpretando al mundo de un modo más personal. En cambio, el redactor es como un ave, cuya libertad está reducida al tamaño de su jaula.

La segunda pregunta es: ¿para quién escriben? En este caso, y de acuerdo con la audiencia a la que se dirigen, creo que se podría mencionar dos tipos de lectores primarios: lector interno (escritor) y lector externo (redactor). El primer lector del escritor es él mismo. Todo proceso de planificación, de elaboración y de revisión del texto depende de sus propios intereses. Él tiene la facultad para escribir cómo quiere, cuánto quiera, y lo que quiera. El escritor suele buscar su propia satisfacción por lo que hace, aunque puede ocurrir que sus textos trasciendan en la sociedad y generar la misma sensación en ella.

En cuanto al redactor, su principal lector es el cliente para el cual trabaja. Si bien parte de su responsabilidad consiste en abocarse a un cuidadoso proceso de escritura, cumpliendo con cada etapa del modelo de los lingüistas Linda Flower y John Hayes, el redactor nunca debe olvidar que lo que escribe no es un texto para él, sino para otro, y para satisfacer las necesidades de esa persona. Por lo tanto, como un buen profesional debe tener el criterio para renunciar a propias interpretaciones, ya que su función es la de redactar de forma relevante, coherente y orientada a las necesidades del cliente.

Se podría decir que el escritor cuenta con la ventaja de elegir su lector, y que este lo elija a él. En cambio, el redactor no proyecta un lector en sus textos, sino que el lector lo busca a él y decide su forma de escritura.

La tercera pregunta que nos planteamos es: ¿por qué escriben? ¿Qué los motiva a escribir? Creo que en ambos casos lo que los impulsa a escribir es la comunicación. Tanto el escritor como el redactor tienen la tarea de contar algo. Las dos actividades cumplen con una función fundamental: son la memoria de una sociedad, porque de sus palabras la gente se informa, se educa, reflexiona y, sobre todo, puede reconocerse en ellas.

Ahora bien, el escritor escribe por placer, porque disfruta esa libertad con la que puede redactar. Además, en su prosa, pretende reflejar sus pensamientos y sus sentimientos. Utiliza la escritura para conectar sus ideas con las palabras que mejor expresen sus intenciones. El investigador Salvador Freixedo define al escritor como alguien que desesperadamente, y con mucha frecuencia, en solitario, trata de desentrañar el fantástico enigma que se llama “vida”. Sin embargo, el redactor escribe por deber, porque es remunerado por esa tarea, aunque varios escritores también. Pero pienso que la principal diferencia es el rol que asume cada uno. La motivación del escritor se basa en la función que puede ejercer su lenguaje a nivel general; en cambio, el redactor se siente movilizado por su actividad social a partir de trabajar la palabra con el fin de comunicar.

El novelista mexicano Sergio Pitol explica:

“La redacción tiende a la claridad, está sujeta a reglas fijas y se utiliza para describir un asunto. Un tratado o un manual tienen que estar bien redactados porque se necesita que todo se entienda claramente. La escritura, en cambio, no está sujeta a ninguna regla (excepto las de ortografía) y se alimenta de la parte irracional del individuo. El periodismo debe estar bien redactado; un texto literario no puede no estar bien redactado, pero además debe tener una gran pasión interna. La redacción es siempre visible, la escritura tiene varias capas, tiene un subsuelo y, mientras vas leyendo, el lenguaje te va sugiriendo otras lecturas. La redacción apunta al orden y la escritura a la locura”.

Entonces, la imagen de aquel niño de ocho años escribiendo para desahogarse de un sentimiento doloroso, ¿es la que podría representar la de un escritor, porque redacta a partir de emociones personales? Claramente, encontrar grandes diferencias entre ambas actividades es difícil. Quizás, ese sutil detalle que distinga a uno del otro sea el modo de utilizar la palabra escrita como un instrumento para comunicar.

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3 comentarios sobre “Escribir: un placer del escritor y un deber para el redactor

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