La imaginación es la revolución de las palabras

¿Decir o mostrar?: una disputa eterna

Lo que está oculto bajo el agua es siempre más importante que lo que flota en la superficie, porque genera intriga, misterio, y le brinda significación a lo que se ve.

La historia es única e inalterable, pero con el transcurso de los años, el modo de contarla ha ido cambiando. Muchos escritores transgredieron la estructura de la novela histórica clásica usando un estilo llano, más agradable para la lectura, sin tanta formalidad ni expresiones que aburran al lector. Esto es notorio en novelas históricas canónicas como La Revolución es un sueño eterno, de Andrés Rivera: un relato directo con la voz narradora de Juan José Castelli, el orador de la Revolución. A lo largo del texto, Rivera nos introduce en el último período de vida de este prócer y en sus memorias utilizando una escritura que resulta envolvente para el lector.

Podríamos decir que el estilo narrativo que emplea Rivera funciona como una máquina de cinta textil que rota en su mismo eje constantemente incorporando informaciones nuevas que se sustentan con datos anteriores. Genera en el lector la sensación de estar atrapado en una lectura circular.

¿Cuánta información nos dice y cuánta nos oculta el narrador?

Mostrar es insinuar un mensaje que no se expresa de manera explícita; en cambio, decir es como quitarle el trabajo al lector cuando este se enfrenta a un texto que no da lugar a la imaginación.

En La Revolución es un sueño eterno, Castelli comienza su relato con una clara presencia del decir. Describe su estado de salud de manera evidente utilizando la repetición de ciertas palabras y expresiones: “Escribo: un tumor me pudre la lengua. Y el tumor que la pudre me asesina con la perversa lentitud de un verdugo de pesadilla. ¿Yo escribí eso, aquí, en Buenos Aires, mientras oía llegar la lluvia, el invierno, la noche? Escribí: mi lengua se pudre. ¿Yo escribí eso, hoy, un día de junio, mientras oía llegar la lluvia, el invierno, la noche?”.

Mediante ese juego literario de insistentes repeticiones, descripciones, uso de anáforas, subjetividades, de preguntas retóricas, etcétera, el relato se desarrolla, mayormente, en el decir. También podemos encontrar fragmentos del texto en los cuales se observa un uso preciso del mostrar: “A los pies del catre de soldado –para que yo no olvide, sea yo quien sea–, una manta color humo, limpia, doblada con prolijidad. En la cabecera del catre de soldado, enrollada, una capa azul, que huele a bosta y sangre”. En estas frases, Castelli nos plantea distintas imágenes, las cuales serán interpretadas por un lector atento que deberá imaginar cada escena, cada espacio, y a partir de esos indicios, preguntarse, por ejemplo, a qué se refiere el narrador con la capa azul que huele a bosta y sangre.

Ernest Hemingway decía que un buen relato debe ser como un iceberg: lo que está oculto bajo el agua es siempre más importante que lo que flota en la superficie, porque genera intriga, misterio, y le brinda significación a lo que se ve.

Desde mi punto de vista, Rivera abusa de las descripciones; deja que las cartas se vean antes de ser jugadas.

Artículo escrito para Instituto Superior Eduardo Mallea.

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